Desde hace centurias, el hombre andino viene curando sus males con plantas medicinales como el arca o la muña muña, aprovechando el vellón de las vicuñas para tejer insuperables ponchos y encendiendo fuego con queñoa, tola y yareta. Pero ninguna especie silvestre le ha dado más que un cacto de talla arbórea y veleidades de candelabro: el Cardón de la Quebrada o Pasacana. Sirve de forraje en tiempos de seca y oasis todo el año (puede almacenar una cantidad asombrosa de agua). Ofrenda un fruto dulce, comestible y de propiedades tintóreas. Anuncia la lluvia abriendo sus flores con exactitud de barómetro. Arma a las tejedoras con sus largas y amarillentas espinas. Y proporciona una madera tan liviana como resistente, con la que se fabrica desde el tamborcito que retumba cada febrero para proclamar la llegada del carnaval -festividad mayor de la región- hasta juguetes, muebles, corrales, vigas y horcones de telar. Incluso algunas iglesias lucen encofrados, confesionarios y altares de cardón. El 20 de noviembre de 1996, con algunos siglos de retraso, comenzamos a pagarle los servicios prestados. Ese día se promulgó la ley de creación del Parque Nacional Los Cardones, cuyas 64.117 hectáreas amparan la concentración más vasta de la especie en territorio argentino y una de las más densas. Presidido por el cerro Negro o Malcante, de 5.226 metros, el parque es uno de los hitos del circuito de los Valles Calchaquíes. Entre treinta y cincuenta mil turistas repechan cada año la Cuesta del Obispo en su busca. Se lo debe a escenarios de justa celebridad: el Valle Encantado -con sus extrañas moles, lagunitas y cóndores-, la planicie de Cachipampa -donde la laguna El Hervidero convoca tropillas de guanacos- y, recortado contra cerros de amable perfil, el imponente Cardonal de Tin-Tin. La relevancia ecológica del área protegida no desmerece la turística. Atesora muestras de tres regiones naturales que hasta su establecimiento contaban con escasa o nula representación en la red de Parques Nacionales: los Altos Andes, la Puna y el Monte de Sierras y Bolsones, en cuya franja prepuneña reina el cardón. De yapa, ofrece una intromisión yungueña: el pastizal de neblina del Valle Encantado, que en tiempo de lluvias se cubre de florcitas. Afinando la mirada, descubriremos en el valle de Tin-Tin al cardonal más extenso del país y uno de los contados bosques puros de churqui (un peculiar integrante de la familia de los algarrobos). Entre el cerro Negro y la Sierra Apacheta, además, el parque expone toda la historia geológica de los Valles Calchaquíes. Y su elenco faunístico reúne especies amenazadas (taruca, zorro colorado, gato del pajonal, monterita serrana), endémicas o exclusivas de la región (tuco tuco puneño, comesebo cabeza negra, aguilucho cola corta, etc.) y de especial valor para nuestra sociedad, como el cóndor, el puma y el guanaco. Hasta los dinosaurios han dejado huella, setenta millones de años atrás, para regocijo de los paleontólogos. También merece subrayarse la importancia arqueológica de Los Cardones. Su árido suelo está salpicado de restos líticos y cerámicos, lo que indicaría un pretérito uso como zona de caza y fabricación de herramientas. A estos vestigios se suma el perfecto trazado de la recta de Tin Tín -segmento del famoso Camino del Incay-, las pinturas rupestres que pueblan los aleros del Valle Encantado con hileras de llamas, apareamientos de camélidos y "hombres escudo". Y juntos proponen un fascinante viaje hacia atrás, repechando siglos y horizontes culturales hasta tiempos en que el hombre recién comenzaba a producir sus alimentos. Creación: 20 de noviembre de 1996, por ley 24.737. Eco-región: Altos Andes, Puna, Monte de Sierras y Bolsones y Yungas. Superficie: 64.117 hectáreas. Origen del nombre: Deriva de los extensos cardonales de Trichocereus pasacana que distinguen al parque. Puntos de interés: Valle Encantado, en el sector más empinado de la Cuesta del Obispo; Piedra del Molino (3.348 msnm), acceso al parque e hito de la historia comarcana; Cachipampa, Laguna El Hervidero, Cardonal y Churcal de Tin Tín, que despliegan sus encantos a la vera de la ruta provincial 33. Cómo llegar: Desde la ciudad de Salta, por rutas nacional 68 y provincial 33 (97 km a Piedra del Molino -entrada este del parque- y 147 a Payogasta, su sede administrativa). La capital salteña recibe ómnibus de todo el país y vuelos diarios desde Buenos Aires y Córdoba. Es posible llegar al parque en auto de alquiler, remise y ómnibus (hay servicios diarios con destino a Cachi). También se puede recurrir a alguna de las 90 agencias registradas de viajes y turismo. Acceso: No se cobra entrada. Dónde alojarse, comer y cargar combustible: El parque carece por completo de servicios turísticos. En Payogasta hay hostería, comedores y nafta. Y en Cachi, 11 km más allá, hostería del ACA, hostales, cabañas, hospedajes familiares, camping bien equipado, restaurantes, estación de servicio y hospital. Clima: Netamente árido, con gran amplitud térmica; temperaturas medias: 11° C en invierno (con mínimas bajo cero) y 18° C en verano (con máximas de 30° C); hasta 200 mm anuales de lluvias, concentrados entre noviembre y marzo; nevadas excepcionales en las zonas bajas. Temporada más propicia: Todo el año. Atractivos cercanos: Con sus gruesos adobes, sus altas veredas y sus puertas geminadas en ochava, el pintoresco pueblo de Cachi tiene la capacidad de hacer retroceder el calendario hasta tiempos coloniales. Merecen un vistazo la iglesia -con altar y artesonado de cardón- y el ejemplar Museo Arqueológico. También las ruinas precolombinas de La Paya -a 14 km- y Las Pailas -a 12 km-, que ofrecen vistas magníficas del Nevado de Cachi (6.720 m) y la vecindad de confortables hosterías. Para mayor información: Parque Nacional Los Cardones, Avda. San Martín s/n, (4415) Payogasta, Salta, teléfono (03868) 496001, telefax (03868) 491004. Los 6.720 metros del Nevado de Cachi, la mayor altura de Salta, acaparan la atención de los montañistas en el terruño calchaquí. El parque, sin embargo, guarda retos nada desdeñables, como el cerro Negro o Malcante (5.226 m). De todos modos, su oferta más seductora está dirigida al amante de las travesías. Hay pocos escenarios en la Argentina tan cargados de encanto, tan despojados de obstáculos. Para comprobarlo basta acompañar al cardón en su trepada por los faldeos, explorar los afloramientos rocosos que salpican de misterio el Valle Encantado o admirar la policromía del cerro Tin Tín a la sombra tortuosa de un churqui. En Cardones, el goce calza botas de trekking Especies destacadas Cardón de la Quebrada Supera los diez metros de altura y los veinte centímetros de diámetro. Pero la proeza le demanda más de un siglo (crece a razón de 10 cm por año). Y, al principio, precisa que una "planta nodriza" o algún abrigo rocoso lo ampare de los rigores solares y las heladas. Se lo considera un "camello" del reino vegetal. Durante la época de lluvias absorbe una asombrosa cantidad de agua y, dilatando el tallo en fuelle, la almacena para tiempos de escasez (el saguaro, su par del hemisferio norte, "engorda" así hasta una tonelada). Ni siquiera el rocío escapa a su extendido sistema de raíces superficiales y a sus sustancias coloidales, un irresistible "imán" para las moléculas de agua. Carpintero de los Cardones Pequeño y vivaz, es una de las aves más vistosas de los Andes Áridos. No tiene reparo alguno en posarse y descansar sobre la piel erizada de espinas del cardón. Hasta aprovecha sus huecos para hacer nido. Como detesta viajar solo, se lo suele ver en pareja o formando grupos de hasta seis individuos. A diferencia de otros carpinteros, captura insectos en el aire y le mete pico a las frutas. Zorro Andino La versión cordillerana del zorrino común luce las blancas franjas del dorso más anchas, cola nevada y mayor corpulencia (hasta 80 cm, contando la cola). Pero en todo lo demás respeta el molde de la especie. Descansa de día en su madriguera y, con el crepúsculo, sale a conseguir comida. Se vale de sus desarrolladas uñas para excavar en busca de gusanos, larvas, caracoles, insectos. Y de la astucia, para obtener sus platos favoritos: huevos y pequeños reptiles. Menos pretensioso que los hurones, sus parientes, prueba incluso raíces y tubérculos blandos. A poco debe temer durante esas excursiones gastronómicas. Su principal argumento defensivo es una secreción repugnante y perdurable, producida por las glándulas anales. Con sólo levantar la cola, puede lanzarla a cuatro metros de distancia y hasta ocho veces seguidas. Advertidos, los predadores silvestres -y humanos- tratan de evitar el peligro.