Antaño las palmeras yatay bajaban de Paraguay y el sur de Brasil, formando densas fajas en los flancos de Corrientes y Entre Ríos. "Dan al país un aspecto salvaje; uno se cree transportado a las áridas llanuras de Africa", anotó en 1833 el viajero francés Arsene Isabelle. El naturalista Alcides D'Orbigny, su compatriota, también se sintió cautivado por estos esbeltos "surtidores" y les dio un lugar entre los latines de la ciencia, aunque creía que el crecimiento de- mográfico barrería del mapa sus masas verde azulinas. El tiempo le dio la razón. A mediados del siglo veinte, la expansión agropecuaria sólo había dejado manchones aislados. Hasta agonizaba el renombrado Palmar Grande de Entre Ríos, que cautivó a Isabelle. Su suelo arenoso detuvo al arado. Pero no a las vacas, que devoraban los renovales de palmera y, con ellos, las esperanzas del bosque. Tampoco a las plantaciones de cítricos, pinos y eucaliptos, que comenzaron a adueñarse del paisaje.
La creación del Parque Nacional El Palmar, en 1966, evitó que la conquista fuera completa. Al abrigo de sus 8.500 hectáreas, el núcleo principal del Palmar Grande recobró los bríos de otrora. Hoy es una isla de naturaleza nativa, rodeada por un mar de cultivos, potreros y explotaciones forestales.
Carpinteros y chincheros trepan por los troncos de las palmeras, mientras el bullicio de las cotorras anida en las copas. El pastizal sirve de refugio a martinetas, ñandúes, zorros, gatos monteses, hurones y yararás. La selva cierra sus fauces sobre los arroyos, cobijando al carpincho, la corzuela parda, el lobito de río, el osito lavador y el curioso tingazú. Los montes de ñandubay lucen cardenales, cacholotes, horneros y flores de mburucuyá. Y los bajíos se pueblan con cada lluvia de patos, garzas, jacanas, tortugas pintadas y ranas. Sólo faltan el venado de las pampas -diezmado por la aftosa vacuna- y el yaguareté, corrido por la expansión agroganadera.
Cuatro décadas de amparo hasta propiciaron la recomposición de antiguos vínculos: entre las lonas del camping los lagartos overos se asolean sin inhibiciones, las vizcachas comen de la mano de los acampantes y los pájaros comparten su mesa. Estas experiencias traducen la oferta fundamental del parque. Su mansa topografía, su concentrada diversidad de ambientes y sus amigables criaturas, lo tornan un sitio ideal para religarse con la naturaleza, para sentirse parte de la Totalidad.
De yapa, se puede husmear un escenario de reminiscencias borgeanas. Sobre la costa del río Uruguay, al sur de la Intendencia, un recinto circular de basta piedra resiste el asedio de la selva y los años. Más allá, otros paredones añejos brotan de las barrancas y un túnel bosteza sobre
la playa. Son las ruinas de la Calera del Palmar. Como señala la tradición comarcana -y corroboró una investigación histórica- sus artífices fueron los jesuitas. Durante buena parte del siglo dieciocho, depurando caliza arcillosa, obtuvieron allí cal viva para procesar los cueros que las Misiones del Paraguay consumían y exportaban a Buenos Aires y Montevideo.
Tras la expulsión de la Compañía de Jesús, en 1767, el establecimiento pasó a manos del comerciante español Manuel Antonio Barquín, quien reactivó e incrementó su producción.
Parte de ella contribuyó a que, en tiempos del virrey Vértiz, Buenos Aires comenzara a crecer hacia la alturas con los primeros edificios de más de una planta. La Calera de Barquín, como se la llamó desde entonces, dejó luego marcas esporádicas. En 1811 le prendieron fuego las tropas portuguesas que había llamado el virrey Elío en auxilio de la sitiada Montevideo. A principios del siglo veinte, puesta al día, volvió a funcionar por un corto período. Y, a mitad de centuria, fue sepultada por el embarcadero de una empresa dedicada a la explotación de canto rodado. El amparo del parque salvó sus vestigios -y su interesante historia- del olvido.
Creación: 28 de enero de 1966, por ley 16.802.
Eco-región: Espinal.
Superficie: 8.500 hectáreas.
Origen del nombre: Evoca al Palmar Grande, la población más austral de la palmera yatay y la de mayor extensión en la provincia de Entre Ríos.
Puntos de interés: Sendero El Mollar, Calera del Palmar, Playa del río Uruguay, Mirador Arroyo El Palmar, La Glorieta, Mirador Arroyo de los Loros.
Cómo llegar: Desde Buenos Aires, por Complejo Zárate-Brazo Largo, RN 12 y RN 14 hasta el portal de entrada al parque (365 km). Desde Santa Fe-Paraná, por RN 18 hasta Concordia y luego RN 14 (315 km). Desde Rosario, por Viaducto Rosario-Victoria, RP 26, RP 39 y RN 14 (320 km). Entre la portada y el Área Recreativa hay 12 km de ripio. La localidad de Ubajay, a 6 km, recibe ómnibus de Buenos Aires, Corrientes y Posadas.
Desde allí se puede visitar El Palmar en remise o radio-taxi. Algunos ómnibus paran a la entrada del área protegida, aunque no recogen pasajeros.
Acceso: Se cobra entrada (48 horas de validez).
Dónde alojarse, comer y cargar combustible: El Área Recreativa del parque cuenta con camping organizado, proveeduría, restaurante y confitería, alquiler de parrillas y teléfono público. El Refugio de Vida Silvestre La Aurora del Palmar, frente al parque, ofrece camping, comedor y hospedaje en vagones de ferrocarril reacondicionados. En Ubajay, a 6 km, hay un modesto hotel y algunos lugares para comer. Tanto en Colón (a 54 km, por RN 14) como en Concordia (a 65 km) la oferta hotelera y gastronómica resulta amplia. Las estaciones de servicio más próximas están en Colonia Mabragaña por el sur (a 26 km) y Ubajay por el norte, sobre la RN 14.
Clima: Templado; temperaturas medias: 25° C en verano (con máximas que rondan los 40 ° C) y 11° C en invierno (con heladas eventuales); alrededor de 1.400 mm anuales de lluvia, con picos en la época estival.
Temporada más propicia: Todo el año; conviene tener en cuenta que la capacidad receptiva del parque suele verse desbordada en Semana Santa y Vacaciones de Invierno.
Atractivos cercanos: El RVS La Aurora del Palmar organiza caminatas y cabalgatas por sus 200 ha de yatayzal, y excursiones en canoa por el Arroyo El Palmar. Al norte esperan las termas de Concordia y el lago de Salto Grande. Y al sur, las termas de Villa Elisa, el Museo de la Inmigración en San José, el histórico Molino Forclaz y la ciudad de Colón, con sus playas, su complejo termal y sus espléndidos escenarios fluviales.
Para mayor información: Parque Nacional El Palmar, Kilómetro 198, Ruta Nacional 14, (3287) Ubajay, Entre Ríos, teléfono (03447) 493053, telefax (03447) 493049, e-mail: elpalmar@apn.gov.ar
Existe una nutrida gama de alternativas para intimar con los ambientes naturales del parque y su patrimonio cultural. En automóvil se puede llegar hasta las ruinas de la Calera del Palmar y la playa del río Uruguay (3 km del Área Recreativa), el Mirador del Arroyo El Palmar (7 km) y La Glorieta, una elevación en medio del yatayzal más abigarrado que entrega subyugantes panoramas (11 km). En bicicleta, también es posible visitar el arroyo de los Loros -donde se bañan carpinchos y lobitos de río- y un mirador que permite apreciar el contraste entre el paisaje natural y las forestaciones o los campos ganaderos aledaños (5 km). Para amantes de la caminata hay cinco trayectos exclusivos. Del camping parte el sendero El Mollar (1.400 m), que recorre en círculo una zona de transición entre la selva ribereña y el monte xerófilo, presentando a sus principales especies arbóreas con la ayuda de un folleto (se entrega en el Centro de Visitantes). Desde la Intendencia, el sendero Calera del Palmar -resbaladizo en ciertos tramos- se abre paso a través del bosque en galería hasta ese monumento histórico y la cartelería que devela sus secretos (1000 m). Una huella facilita la exploración del pastizal y la franja selvática que se extienden junto al mirador del arroyo El Palmar (300 m). De La Glorieta baja una senda hacia otro tramo del arroyo, dueño de playas arenosas y un pintoresco salto (1.000 m). Y, sobre el camino de acceso a La Glorieta, el sendero Yatay se interna en uno de los sectores más densamente poblados por la especie (500 m; apto para silla de ruedas). Estos circuitos suelen deparar encuentros con la cada vez más confiada fauna del parque. Sobre todo, a primera o última hora del día. Antes de emprender la marcha -o de regreso- conviene pasar por el Centro de Visitantes, cuyos paneles ayudan a comprender cómo funciona la naturaleza local (abierto de 8 a 19 hs). Para disfrutar la salida del sol o la luna llena se recomienda las barrancas sobre el río Uruguay, en el Área Recreativa. Al atardecer, el sitio es La Glorieta.
Especies destacadas
Yatay
Esta esbelta palmera alcanza los dieciocho metros de altura. Pero a un ritmo casi geológico. Poco le importa. Su expectativa de vida ronda los setecientos años. La mayor parte de los ejemplares que pueblan el Parque Nacional El Palmar tienen entre dos y cuatro siglos. Cada año, a lo largo del período de crecimiento, las hojas que van cayendo dejan una cicatriz o marca en el tronco, lo cual permite estimar edades con relativa exactitud. Carnosos y de sabor agridulce, los frutos del yatay constituyen una importante fuente de alimento para cotorras, ñandúes, zorros, ositos lavadores y corzuelas. Con ellos se elabora en la zona un exquisito licor, mientras que las hojas sirven para cestería. El tronco, en cambio, carece hoy de utilidad, aunque alguna vez se lo empleó en el tendido de líneas telegráficas. Los carpinteros aprovechan sus huecos para anidar. Y el chinchero chico lo recorre en espiral a la caza de larvas e invertebrados.
Murciélago Vampiro
De casi mil murciélagos, es el único que sólo se alimenta con sangre de mamíferos. La obtiene, siempre de noche, tanto de animales silvestres (tapires, corzuelas, pecaríes, lobos marinos, etc.) como del ganado e incluso de hombres de sueño pesado ("puedo dar fe por haberme mordido cuatro veces en las yemas de los dedos del pie durmiendo a cielo descubierto, o en las casas campestres", dejó escrito Azara). Se acerca a la presa con gran sigilo (en ocasiones por el suelo, usando las replegadas alas como "zancos"), le hinca levemente los colmillos y luego lame la sangre, que brota sin interrupciones gracias a las propiedades anticoagulantes de su saliva. La delicadeza con que realiza esta operación resulta tal que la víctima ni siquiera se percata.
Vizcacha
Ocupa el cuarto lugar entre los roedores más corpulentos del país, detrás del carpincho, la mara y la paca. Se especializa en cavar cuevas y galerías subterráneas, que llegan a cubrir áreas de hasta trescientos metros de diámetro. Allí vive en comunidades más o menos numerosas, compartiendo a veces habitación con hurones, zorrinos, comadrejas, lagartos y culebras. Durante el día permanece en la madriguera. Tras el ocaso, sale a pastar por los alrededores con apetito de adolescente (puede consumir diariamente casi la mitad de su peso). Esta actividad produce al poco tiempo un característico peladar alrededor de la "vizcachera", que amplia su campo visual -facilitándole la detección de predadores- aunque la obliga a extender sus excursiones en procura de alimento. Perseguida por décadas como "plaga", su distribución se limita hoy a zonas marginales de la llamada "frontera agropecuaria".