"Explicarse la luna, explicarse la distancia a las estrellas es más fácil", anotó el escritor Osvaldo Bayer ante las colosales columnas de piedra. Y no erraba. La mente se resiste a admitir en estos despojos inverosímiles al frondoso bosque de otrora. No alcanza a concebir cómo un paisaje sudoroso, salpicado de pantanos y surcado por reptiles de colosal torpeza, se volvió esta despojada vastedad, este escenario de otro mundo, donde la vida parece imposible.
HISTORIA
El Monumento Natural Bosques Petrificados nació el 5 de mayo de 1954, con diez mil hectáreas y la misión de escudar la concentración de flora fósil más asombrosa de la Argentina y quizás del mundo. En 1984, el Consejo Agrario de Santa Cruz le cedió cinco mil hectáreas. Y trece años después, la Administración de Parques Nacionales concretó la adquisición de dos estancias linderas. Con estos agregados y el de dos mil hectáreas fiscales, la unidad de conservación sextuplicó su superficie original y pasó a ser una respetable muestra de la Estepa Patagónica. No extraña que se proyecte recategorizarla como parque nacional.
A pasos de la casa del guardaparque, su principal yacimiento fosilífero ("alucinante cementerio", al decir de Bayer) hospeda troncos de hasta tres metros de diámetro y más de treinta de largo, que superaban el milenio cuando pasaron del reino vegetal al mineral. Hace 150 millones de años (a fines de septiembre, si proyectamos en el calendario la historia geológica del planeta), formaban parte de un abigarrado bosque de coníferas. Sus componentes de mayor talla eran araucarias primitivas (Araucaria miriabilis para los latines de la ciencia), no muy diferentes de las que hoy podemos admirar en el noroeste de Neuquén. En los estratos más bajos -según atestiguan viejas improntas- prosperaban otros parientes del pino, inmensos helechos y las palmeras de aquellos tiempos: benetitales (grupo ya extinguido) y cicadales.
Por entonces, la cordillera no tapiaba aún el poniente y su sitio era ocupado por el mar. La Patagonia gozaba del cálido y uniforme clima del Período Jurásico y, sin barreras orográficas, las húmedas rachas del Pacífico podían derramarse con generosidad sobre la árida meseta de nuestros días. En el oriente, a su vez, la ancha herida del Atlántico no había separado todavía nuestro continente de África.
A fines del Jurásico Medio, de improviso, las fuerzas volcánicas se desataron con inusitado furor. El dilatado territorio fue azotado por vientos huracanados, que tumbaron el bosque.
Y cubierto por ardientes nubes de ceniza, que sepultaron los árboles caídos. Todo ocurrió tan vertiginosamente que ni siquiera las piñas fértiles tuvieron oportunidad de abrirse para liberar su tributo, proceso que demanda escasos días.
Bajo esa lápida rica en minerales tuvo lugar un verdadero milagro: las sales de silicio -disueltas por el paso del agua de lluvia a través de las capas de ceniza- fueron adueñándose de las formas de la madera, copiando con tanta fidelidad su estructura que, examinados bajo el microscopio, los restos fosilizados muestran hasta el contorno de las células. Así, hecho piedra, nuestro bosque aguardó en las entrañas australes que la lluvia y el viento lo exhumaran.
Debió esperar primero el retiro de las aguas atlánticas, que anegaron la región a fines de la primera mitad del Período Terciario. Luego, el paciente trabajo erosivo del viento y la lluvia, que descarga torrencialmente su magro tributo (hasta 200 mm anuales) abriendo profundas cárcavas en la estepa. Tras ese prólogo de millones de años, en el mismo lugar donde otrora se alzó al cielo -ahora dominado por el cerro Madre e Hija, un volcán apagado-, el bosque de araucarias regresó a la superficie. Y el mundo ganó una nueva maravilla. También salieron a la luz talleres líticos, enterratorios y otras evidencias de la remota presencia del hombre en el área. Pero eso es historia reciente: pertenece al último segundo del 31 de diciembre en el calendario geológico. Aquellos primitivos cazadores-recolectores de la Patagonia -protagonistas de la ocupación más antigua de nuestro territorio- vivieron hace apenas doce mil años.
Creación: 5 de mayo de 1954, por decreto 7.252.
Eco-región: Estepa Patagónica.
Superficie: 61.245 hectáreas.
Origen del nombre: Alude al yacimiento de árboles fósiles más grande de la Argentina.
Puntos de interés: Sendero Paleontológico (junto a la seccional de guardaparques) y Cerro Madre e Hija (a pocos kilómetros, por RP 49).
Cómo llegar: Desde Comodoro Rivadavia -por el norte- o Puerto San Julián -por el sur-, a través de RN 3 y RP 49 (320 y 230 km, respectivamente); el empalme se encuentra a la altura del km 2.074 de la RN 3. En la ciudad chubutense de Comodoro Rivadavia, que recibe diariamente vuelos desde Buenos Aires, es posible alquilar un automóvil para visitar el monumento natural. Y en la santacruceña Caleta Olivia, a 220 km, contratar los servicios de una agencia de turismo.
Acceso: De 9 a 19 hs, entre octubre y marzo; de 10 a 17 hs, entre abril y septiembre. No se cobra entrada.
Dónde alojarse, comer y cargar combustible:
- Bosques Petrificados carece de agua e infraestructura receptiva (sólo tiene baños públicos); el visitante debe ir provisto de agua potable, alimentos y combustible, ya que la ciudad más cercana se encuentra 220 km al norte. Se trata de Caleta Olivia, donde hay tres hoteles, un camping, restaurantes, supermercados y estaciones de servicio.
- Puerto Deseado, 252 km al oeste, cuenta con una oferta parecida. Y Estancia La Paloma -20 km antes de llegar al monumento natural, sobre la RP 49, con un camping dotado de baños y fogones.
- Viniendo desde el norte, el último lugar donde se puede conseguir hospedaje, comer y cargar el tanque, es la localidad de Fitz Roy (a 240 km, sobre la RN 3). Y desde el sur, el paraje Tres Cerros (a 90 km, sobre la RN 3).
Clima: Frío, árido y ventoso, con gran amplitud térmica diaria; temperaturas medias: 19 ° C en verano (con máximas de hasta 40 ° C) y 7° C en invierno (con mínimas de -15° C); hasta 200 mm anuales de lluvia, concentrados en la época invernal; nevadas de consideración en los meses más fríos; vientos predominantes del oeste a un promedio de 70 km/h, con ráfagas superiores a los 140 km/h.
Temporada más propicia: Primavera y verano.
Atractivos cercanos: Caleta Olivia (ciudad ligada a la explotación petrolera), Puerto Deseado (reservas naturales Ría Deseado, Cabo Blanco, Isla Pingüino y Bahía Laura) y Puerto San Julián (salidas en lancha para avistar toninas overas y apostaderos de aves marinas; Estancia La María, con su excepcional colección de arte rupestre). Para mayor información: Monumento Natural Bosques Petrificados, Hipólito Yrigoyen 2044, (9011) Caleta Olivia, Santa Cruz, telefax (0297) 4851000, e-mail: bosquespetrificados@apn.gov.ar
Un sendero peatonal, de baja dificultad, permite recorrer el principal yacimiento de troncos fosilizados (2.000 m; autoguiado con la ayuda de un folleto). Y, para los más osados, queda la aventura de trepar el Cerro Madre e Hija -conocido también como Horqueta-, máxima elevación del área protegida con sus humildes 405 metros. Está coronado por curiosas columnas basálticas, que delatan su origen volcánico, y ofrenda soberbios panoramas. Sobre todo, al atardecer.
Como valor agregado, los paseos consignados suelen deparar avistajes de choiques, águilas moras, loicas, chingolos, piches patagónicos y tropillas de guanacos cada vez más confiados. Para observar a los zorros grises ni siquiera hay que caminar. Un grupito acostumbra dar la bienvenida a los visitantes junto al mismísimo Centro de Informes. Allí funciona un pequeño museo de sitio, que no conviene perderse. Entre otros recuerdos del ayer comarcano, atesora piñas petrificadas, trilobites, puntas de flecha y bolas de boleadora.
Según parece, llevarse a casa un pedazo de eternidad es una tentación irresistible. Antes de que gozara de protección, el bosque de piedra fue despojado de piñas, ramas e incluso enormes troncos. Y entre sus visitantes actuales resulta costumbre el intento de escamotear alguna que otra "piedrita". En un solo año, los guardaparques secuestraron nada menos que sesenta kilos de fragmentos petrificados. Para vergüenza nuestra, la avidez de souvenirs amenaza lograr lo que no pudieron millones de años y apocalípticas catástrofes: borrar la huella más sobrecogedora que dejó en el país la flora antediluviana.
Especies destacadas:
Tocado con largas plumas, que parecen orejas, es la lechuza más grande de la Argentina (unos 50 cm).
Vive en toda América, desde Alaska y Canadá hasta Tierra del Fuego. Dentro de nuestras fronteras, su variada gama de hábitats incluye bosques, sabanas, quebradas, pastizales de altura y estepas. Como toda rapaz nocturna, posee fuertes garras, una visión y un oído muy desarrollados, un cuello capaz de rotar 180° y plumas de una conformación que asegura vuelos silenciosos. Caza pequeños roedores, liebres y aves, generalmente de noche. Durante el día suele vérselo apostado en lo alto de un árbol o, en el caso de Bosques Petrificados, un arbusto o alguna eminencia rocosa. De hábitos solitarios, sólo anda en pareja durante la época reproductiva y de cría. Hace nido en oquedades rocosas, troncos huecos y el suelo, o aprovecha los abandonados por otras aves. Allí deposita de 2 a 3 huevos blancos. Al igual que otras lechuzas, en mitos indígenas y creencias populares aparece ligado tanto a la sabiduría como a lo demoníaco.
Le falta la joroba. Pero resulta todo un camélido (el mayor de Sudamérica, para más datos). La generosa largura de cuello y patas, el labio superior hendido y las pezuñas almohadilladas delatan su parentesco. Además, tiene glóbulos rojos elípticos -como los de anfibios y reptiles-, exclusividad de la familia entre los mamíferos. Sus dominios se extienden a lo largo de los Andes desde el norte de Perú hasta Tierra del Fuego, y en el sector austral llegan al Atlántico. Adaptado a la avaricie de su hábitat, tiene pocas exigencias alimentarias (hasta se la rebusca con líquenes y cortezas de arbustos) y tolera largos períodos sin agua como buen camello. Le basta la humedad de la vegetación y el rocío. Si la sequía se prolonga demasiado, no duda en beber aguas salobres.
Es un auténtico campeón de la supervivencia. Tras décadas de protección, las tropillas del Monumento Natural Bosques Petrificados han moderado su recelo hacia el hombre y se dejan apreciar largamente sobre las lomadas.